martes, 26 de marzo de 2013

Y el libro que está leyendo Richard es...


         " Patty conoció a la goma de borrar la bochornosa mañana de un domingo de agosto, cuando regresó de correr y lo encontró sentado en el sofá de la sala de estar, que parecía más pequeña ante tal corpulencia, mientras Eliza se duchaba en el indescriptible cuarto de baño. Richard vestía una camiseta negra y leía un libro de bolsillo con una uve en la cubierta."

                     (Libertad, de Jonathan Franzen. Editorial Salamandra. Página 90.)



viernes, 22 de marzo de 2013

EL SUNSET LIMITED


            Hay libros que pueden ser leídos en una tarde, pero que necesitan  meses o años para poder ser digeridos. Eso es lo que sucede, por ejemplo, con El Sunset Limited, de Cormac McCarthy. De este escritor norteamericano, poco amigo de las entrevistas y las fotos (un caso parecido, aunque menos obsesivo, que el de J.D.Sallinger o Thomas Pynchon) ya había leído dos novelas, ambas magníficas: La carretera y Meridiano de sangre. El tema apocalíptico sobrevolaba con mucha fuerza en las dos. La prosa de McCarthy es seca pero perfecta en su construcción. Tiene esa aspereza que poseen los últimos discos de Tom Waits. Otra cosa que me gusta de este autor es que no rehuye ningún tema importante. Para él la literatura es precisamente eso: hablar de la muerte, de la vida, de la violencia, de la relación entre padres e hijos, de la fe o su ausencia. Este último tema, el de la fe o su ausencia, es el que articula el profundo discurso de El Sunset Limited.

            Planteada como una especie de obra de teatro, toda la acción transcurre en una habitación y no tenemos más personajes que Blanco y Negro. Blanco se ha intentado suicidar arrojándose a las vías del Sunset Limited, pero Negro le salva la vida. Una vez en el apartamento de Negro, los dos comienzan una larga conversación en la que cada uno parece representar una de las dos formas de afrontar la vida: con fe o sin fe, con esperanza o sin esperanza. Negro es una persona con poca cultura, que frecuentó los ambientes carcelarios, que fue violento y que, precisamente en la cárcel, encontró la fe en Dios y en su promesa de esperanza. Blanco, por su parte, es una persona con una profunda cultura, profesor universitario, pero con una visión de la vida que roza el nihilismo, hasta el punto de planear su propio suicidio. Lo curioso (y lo valioso) es que (parece) que el autor no toma partido por ninguno de los dos. McCarthy deja hablar a sus personajes, que se expresen con sus palabras, que planteen su forma de ver y entender el mundo. Hay muchos momentos de la historia en la que nos sentimos más identificados con Negro, pero luego llega Blanco y expone sus argumentos con tanta contundencia que nos sentimos inclinados hacia ellos. Y así toda la obra. Es como un combate de boxeo. Es como la vida. No obstante, y aquí me arriesgo a opinar, no podemos olvidar quien de los dos ha intentado suicidarse, quién no ha sido capaz siquiera de vivir. La fe de Negro, aunque a veces expresada de forma burda (es un hombre con poca cultura), le ha permitido vivir y salir de un mundo, la cárcel y la violencia, del que parecía condenado de manera perpetua.

            Días después de concluir la lectura de El Sunset Limited hay una cosa que echo de menos en esta obra de McCarthy; echo de menos la existencia de un tercer personaje, Gris, que combine de algún modo las visiones que del mundo tienen Blanco y Negro. He pensado mucho en eso estos días, hasta que he llegado a una conclusión, seguramente muy atrevida pero que a mi me vale: Gris soy yo; Gris eres tú; Gris somos todos. Todos y cada uno de los lectores de El Sunset Limited somos ese tercer personaje que no aparece en la obra, combinación lógica de esos dos seres que habitan la habitación y el libro. La mayoría de las personas que conozco son Gris. Aquellos que no creen en nada terminan profesando la fe en algo. Aquellos que son creyentes no están exentos de dudas y miedos, de desesperanza y confusión. Ese es el gran acierto de esta obra: que nos retrata a todos desde la representación de dos opuestos. Negro a un lado de la habitación, Blanco al otro lado y yo, con el libro entre las manos, ocupando esa amplia zona gris.
         (Imagen de la adaptación cinematográfica de El Sunset Limited)

viernes, 8 de marzo de 2013

CANON

         
         ...Safo, Virginia Woolf, Joyce Caroll Oates, Ursula K. Le Guin, Alice Munro, Doris Lessing, Margaret Atwood, Emilia Pardo Bazán, Cecilia Bohl de Faber, Adelaida García Morales, Carmen Laforet, Almudena Grandes, Belén Gopegui, Gabriela Mistral, Herta Müller, Gioconda Belli, Jane Austen, Emily Brontë, Charlotte Brontë, Mary Shelley, Louisa May Alcott, Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa de Jesún, Rosalía de Castro, Simone de Beauvoir, Elvira Lindo, Olvido García Valdés, Amy Tan, Dorothy Parker, Emily Dickinson, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carson Mccullers, Toni Morrison, Anne Tyler, Harper Lee, Marilynne Robinson, Edith Wharton, Margaritte Yourcemar, Alfonsina Storni, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Lucrecia Hoyos, Amparo Hoyos, Magdalena Carrillo, Mer Sol, Yolanda Nava, Ana Vivancos, Lara Hernández Abellán, Geli, Tula, Fina Fernández, Fergal Ferrero Nogal, Eulalia Rubio, Asunción Serra, Ana María Maciá...

        

jueves, 21 de febrero de 2013

EL PROBLEMA DE CIERTOS (MUCHOS) LIBROS

             Hace mucho tiempo que no leo eso que, por consenso o comodidad, hemos decidido llamar bestsellers*. Dejé de hacerlo hace tanto tiempo que casi había olvidado las razones que me llevaron a tomar dicha decisión. Durante las pasadas navidades uno de los regalos que recibí fue, sin embargo, uno de estos libros. Después de ver cómo no encontraba acomodo entre las baldas de mi biblioteca, hace una semana decidí emprender su lectura. El libro en cuestión (aunque creo que esto es lo de menos) es La confesión, de John Grisham. Nunca he leído nada de este experto en thrillers judiciales. A pesar de que el tema sobre el que versa el libro (la pena de muerte) me resulta sumamente interesante y a pesar, otra vez, de que solo llevo leído un tercio del libro, ya he recordado las razones que me llevaron a dejar de leer este tipo de literatura.

-         John Grisham opina todo el tiempo. Utiliza cualquier personaje para dar su opinión sobre determinadas cuestiones. Sermonea. Manipula. En definitiva, hace trampas.
-         John Grisham debe pensar que yo (su lector) soy idiota. No contento con explicarme cada una de las acciones que acontecen en su libro, lo hace dos, tres, cuatro y hasta cinco veces, en un exceso de subrayado digno de un niño de párvulos.
-         Reconociendo la habilidad de John Grisham a la hora de construir su trama, yo (su lector) echo en falta todo el tiempo esa chispa, es plus que marca la diferencia entre estar leyendo una sentencia judicial y esta leyendo una novela.
-         Reconociendo, así mismo, lo injusto que es comparar autores, no puedo evitar, desde que comencé la lectura de La confesión, dejar de pensar en A sangre fría, de Truman Capote, y en como Capote ni miente, ni subraya, ni piensa que yo (su lector) soy idiota. Capote me deja pensar; Grisham me impone sus tesis (algunas de las cuales comparto, aunque eso, otra vez, es lo de menos).

John Grisham, como tantos otros de los que ni me apetece hablar, no es un escritor, es un comerciante, un experto en vender su producto. En el fondo le da igual que ese producto sea un libro o una docena de churros (con todo mi respeto, claro, al gremio churrero, al cual respeto mucho más que al del señor Grisham, pues al menos ellos no pretenden engañarme dándome gato por liebre). Imagino que terminaré La confesión, al menos para saber cómo termina el asunto, aunque si llega el caso y ya no puedo más, apelaré al artículo 3 de los Derechos del lector según Daniel Pennac.

* La palabra bestseller me parece, como tantas otras, muy inapropiada para lo que quiero expresar en este artículo. Las ventas que genere un libro no tienen, en muchas ocasiones, nada que ver con su calidad (otras muchas, lamentablemente, si). Grisham vende millones de libros y es un nefasto escritor, por las razones arriba argumentadas. John Le Carré es un gran escritor de novelas de género (espías, thrillers de denuncia, ...) que vende millones de libros. Isaac Asimov era un habilísimo constructor de tramas de ciencia ficción, un honrado mago del entretenimiento más sano, que no engañaba a nadie y que, también, vendía millones de libros. Morris West escribió algunos libros muy interesantes sobre las intrigas vaticanas y la curia papal, como Las sandalias del pescador o Eminencia, y también vendió millones de libros. En fin, creo que está bastante claro...

domingo, 3 de febrero de 2013

Madame Bovary


Leyendo Madame Bovary me encuentro con el siguiente diálogo (capítulo 2 de la Segunda Parte) entre el boticario, Carlos, Emma y León:

            “-… Y si a la señora le gusta la jardinería, podrá…

            - Mi mujer no se ocupa de eso – dijo Carlos-, prefiere aunque tiene recomendado el ejercicio, quedarse en casa leyendo.

            - Como yo – dijo León-, ¿y qué mejor ocupación que permanecer al lado del fuego con un buen libro, mientras que el viento suena en la calle y azota los cristales del balcón?

            - ¿No es verdad que sí?- exclamó ella fijando en él sus grandes ojos negros muy abiertos.

            - No se piensa en nada, las horas pasan; paséase uno sin moverse por los países que cree ver, enlazándose el pensamiento con la ficción se goza de los detalles, se sigue el hilo de las aventuras, mezclase con los personajes, en una palabra, parece que uno palpita bajo sus vestidos.”

            Evidentemente se trata de uno de los temas clave de la maravillosa novela de Flaubert. Sin embargo, no quiero hablar ahora de eso (ya lo haré más adelante, o no). El caso es que este diálogo en el que se habla de lo que es la esencia del Bovarismo me ha hecho recordar el punto 6 de los Derechos Imprescriptibles del lector que Daniel Pennac coloca al final de su ensayo Como una novela:


            “                    6

                        El derecho al bovarismo

            (enfermedad de transmisión textual)

Eso es, grosso modo, el bovarismo, la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube, se producen identificaciones por doquier, y el cerebro confunde (momentáneamente) lo cotidiano con lo novelesco. (…)

(…) De ahí la necesidad de acordarnos de nuestras primeras emociones de lectores, y de levantar un altarcito a nuestras antiguas lecturas.(…)”
(Del texto de Daniel Pennac, Como una novela, Editorial Anagrama, Colección Argumentos)
 
            Creo que uno es lo que ha leído, el cine que ha  visionado o las canciones que ha escuchado. De vez en cuando conviene dejarse arrastrar por el bovarismo, al menos para no olvidar las razones que hoy nos hacen ser de una determinada manera.

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/2010/10/ediciones-forum-sa.html

lunes, 31 de diciembre de 2012

DIEZ LIBROS

Los diez mejores libros que leí durante 2012.

1.- Lincoln, de Gore Vidal.

Ya hablé de este libro largo y tendido en una entrada del blog. Poco más que añadir a una novela tan atrayente como estimulante.

2.- Libertad, de Jonathan Franzen.

Franzen es un gran escritor. Ahora está de moda darle palos por todos lados, pero mucho me temo que su obra finalmente se impondrá. Aquellos a los que solo les gusta la experimentación no encuentran en Franzen nada especial, pero no se dan cuenta que lo que ha hecho Franzen es lo más vanguardista que hoy se puede hacer con una novela: escribirla al modo más clásico posible.

3.- Relato soñado, de Arthur Schnitzler.

Descenso a los infiernos en una sola noche, en apenas ciento veinte páginas, de un joven médico en la Viena más crepuscular jamás imaginada. La estructura simétrica de la obra es absolutamente genial. Su versión cinematográfica es Eyes Wide Shut, la última película que rodó Stanley Kubrick y que es fiel al texto pero trasladándolo al Nueva York actual.


4.- Del boxeo, de Joyce Carol Oates.

Carol Oates es una de las mejores escritoras vivas. Polivalente donde las haya, la norteamericana sabe contagiar a sus escritos de ese extraño pulso narrativo que consigue engancharte a cualquier historia. En esta ocasión comparte con nosotros, sus fieles lectores, una de sus grandes aficiones: el boxeo. Como a todos los que nos gusta el ring, Carol Oates parte de una clara premisa: el boxeo no es un deporte, ni un arte, ni una disciplina. Es otra cosa.

5.- Mason & Dixon, de Thomas Pynchon.

Partiendo de un hecho histórico, el escurridizo escritor Thomas Pynchon plantea una novela de mil páginas en las que el humor y la ternura se dan la mano de una forma asombrosamente natural. Una verdadera obra maestra. Me da rabia que a Pynchon se le cuelgue el calificativo de “autor difícil”, pues su literatura es una auténtica celebración del arte de contar historias.

6.- La gran marcha, de E. L. Doctorow.

Una de las mejores novelas sobre la Guerra Civil Norteamericana que he leído nunca. Doctorow nos cuenta la epopeya de la marcha del ejército de la Unión al mando del general William T. Sherman por territorio confederado, atravesando los Estados de Georgia y las Carolinas en 1864-1865. Con una amplia galería de personajes de todos los estratos sociales, Doctorow radiografía el alma americana con tanta precisión como sencillez.



7 .- Las cuatro reinas, de Barry Gifford.

Me encanta Barry Gifford. Me gustan sus novelas, sus cuentos, sus ensayos sobre cine negro, su biografía de Kerouak y sus poemas. La poesía de Gifford, como en las cuatro reinas, bordea el haiku hasta extremos impensables. Poemas con dos, tres palabras que crean todo un mundo, todo un universo. Cada verso es como un navajazo al alma.

8.- Mansfield Park, de Jane Austen.

Primer libro del Curso de literatura europea de Nabokov. Quien piense o crea que Jane Austen es una escritora para mujeres, sensiblera, cursi o rosa, es que no sabe de qué va esto de escribir libros. En fin, ellos se lo pierden. Lean, lean a Jane Austen.

9.- Donde se guardan los libros, de Jesús Marchamalo.

Precioso ensayo en el que Marchamalo se mete de lleno a investigar las bibliotecas de algunos escritores actuales, como Javier Marías, Enrique Vila Matas o Andrés Trapiello. Un libro para los que tengan curiosidad por saber qué leen ciertos autores. En mi caso he de decir que me sorprendió (mucho) la biblioteca de Arturo Pérez Reverte.

10.- Europa, de Julio Martínez Mesanza.

El último libro que he leído en 2012 y uno de los que más me ha gustado. Martínez Mesanza ha sido mi descubrimiento personal de este año. No conocía a este magnífico poeta, con un mundo personal desbordante y perfectamente identificable después de leer tres o cuatro poemas. Europa es un viaje (al estilo Kavafis) por un continente que no puede ni debe renunciar a su historia, esa de la que hoy muchos, vestidos de una extraña y petulante progresía, reniegan de forma tan vergonzosa como analfabeta.


         Desde Ítaca, más deshabitada que nunca, les deseo un feliz fin de año y un buen 2013, al menos con buenos libros entre las manos.

sábado, 22 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD



«Puede que haya muchas cosas buenas de
las que no he sacado provecho», replicó el
sobrino, «entre ellas la Navidad. Pero estoy
seguro de que al llegar la Navidad -aparte de
la veneración debida a su sagrado nombre y
a su origen, si es que eso se puede apartar, siempre
he pensado que son unas fechas deliciosas,
un tiempo de perdón, de afecto, de
caridad; el único momento que conozco en el
largo calendario del año, en que hombres y
mujeres parecen haberse puesto de acuerdo
para abrir libremente sus cerrados corazones
y para considerar a la gente de abajo como
compañeros de viaje hacia la tumba y no como
seres de otra especie embarcados con
otro destino. Y por tanto, tío, aunque nunca
ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni
de plata, creo que sí me ha aprovechado y
me seguirá aprovechando; por eso digo:
¡bendita sea!»

A Christmas Carol, Charles Dickens, 1843